Si, porque el occidente de la península ibérica es de suelos fundamentalmente ácidos.
Esta característica de los suelos y su escaso horizonte (espesor) ha hecho que desde tiempo inmemorial se estableciera un aprovechamiento del territorio más basado en el aprovechamiento del ganado que en el cultivo del suelo. Además, dada la climatología, este suelo debía ser mimado para no perderse. Expertos en este manejo eran (o son) los vettones, tribu prerromana que adoraban a los toros de piedra. (Ahora se llaman ganaderos salmantinos, abulenses y extremeños). Por procedimientos de ensayo y error, y mediante la observación de los herbívoros salvajes se llega a un sistema, ejemplo paradigmático de aprovechamiento sostenible por parte del hombre, como es la dehesa con ganadería trashumante.
Hay que tener ganado, pero no tanto como para erosionar el suelo, y hay que tener pastos, pero dejando algunos árboles que permitan bombear nutrientes de las capas más profundas. Se puede arar, pero sólo cada ciertos años, y conviene que el ganado se mueva en muchas zonas para dejar descansar el terreno.
Lamentablemente, la ganadería trashumante cuenta cada vez con mayores dificultades, aunque las autopistas ecológicas que son las vías pecuarias (antiguos caminos de herbívoros salvajes) vienen manteniendo su función intacta desde el paleolítico.
Las dehesas aún se mantienen, pero el acceso a los piensos, la estabulación, y el desconocimiento absoluto de los factores culturales por la legislación ganadera, hace que cada vez el manejo sea más incorrecto, con demasiados animales por hectárea.
Únicamente hay dos tipos de explotaciones que pueden mantener las condiciones óptimas para la conservación de las dehesas: una son las fincas de cerdos ibéricos de montanera, y otras son las explotaciones de ganado de lidia.
Las dehesas bien conservadas, son un ejemplo único en el mundo de sostenibilidad, conseguida durante milenios y específicamente ajustada al territorio del suroeste peninsular ibérico. Dado este especial ajuste, el sistema consigue mantener prácticamente a toda la fauna original del monte mediterráneo y además dar cabida a otras especies de medios más abiertos. Son ecosistemas esenciales para la cigüeña negra, el lince ibérico, el águila imperial, etc…
En cuanto a las dehesas de ganado bravo se da otra circunstancia añadida: el especial manejo del que son objeto, y que las convierte en lugares especialmente tranquilos y donde la caza es muy restringida. Además, la propia existencia del toro de lidia, enriquece el paisaje. El toro de lidia es una de las tres razas más directamente emparentadas con el antiguo Uro salvaje europeo, cuyos últimos ejemplares se extinguieron en Polonia en el siglo XVI. Las otras razas son el toro de la camarga (muy parecido al toro de lidia) y los bueyes escoceses (de pelo largo).
Con todos estos antecedentes parece lógico considerar que todo amante de la naturaleza que se precie, y especialmente de la naturaleza española e ibérica, tiene que hacer lo posible por conservar este tipo de explotaciones.
Ahora bien, por parte de determinados colectivos de defensa de los animales (ojo, no confundir con ecologistas y menos con ecólogos) se está solicitando la abolición de esta práctica, evidentemente cruel.
No enfrentamos por tanto a un dilema ético en el que es necesario analizar las diferentes repercusiones de las distintas actitudes.
(En esta discusión obviamos los razonamientos de índole político – nacionalista que rechazan la fiesta de los toros no porque les importe su crueldad o ética, sino simplemente porque se vincula a España, aunque originalmente está presente en todo el mediterráneo europeo, especialmente Grecia.).
Bien, en primer lugar es necesario diferenciar entre posturas que a veces se confunden: no es lo mismo un ecologista que un defensor de los animales. Por ejemplo: alguien que libera visones americanos de granjas en Galicia es un defensor de los derechos de los animales, pero no debería considerarse ecologista, porque está poniendo en riesgo varias especies de mamíferos autóctonos (visón europeo, rata de agua, desmán..)
Por otro lado la gestión de la naturaleza debe abordarse de tal manera que sea práctica, realista y sostenible en el tiempo. La preservación de determinadas áreas “vírgenes” o reservas intocables es un lujo difícil de conseguir en un país Europeo, donde todo tiene dueño y aprovechamiento. Por eso, para el gestor de un espacio natural se hace necesario hacer “de tripas corazón” y asumir diversos aprovechamientos para poder mantener un bosque (madera) o una zona más o menos silvestre (caza). Como además nos enfrentamos a ecosistemas que ya han estado manejados y alterados por el hombre, suele ser necesario intervenir, igual que si domesticas un pájaro no lo puedes liberar de repente, porque ya no “recuerda” como se sobrevive.
La naturaleza no es cruel ni inocente, es, simplemente, amoral. Todas las connotaciones sentimentales que podamos darle son producto de nuestra propia visión. Por eso los gestores de reservas en África disparan a elefantes, por mucho que les duela (a ellos y a los elefantes, se entiende).
Evidentemente estas actuaciones deben tener un límite ético que es el basado en la necesidad del daño realizado. Si la razón del daño deja de ser la necesidad y empieza a ser la obtención de placer, o ensalzamiento de la vanidad humana, la cuestión deja de ser amoral para convertirse en moralmente reprobable.
Desde este punto de vista entonces, ni la caza ni las corridas de toros las podríamos considerar éticamente justificables, aunque entiendo que sí serían necesarias desde el punto de vista de la conservación.
¿Qué alternativas tendríamos?
Supongamos que decidimos eliminar las corridas de toros. Una alternativa al manejo de las dehesas de toros bravos es, como hemos dicho, las montaneras de cerdo ibérico. Bien, pero no todas son aptas por la producción de bellota y además muchas dehesas, por ejemplo en la provincia de Madrid, quedan fuera del ámbito de denominación de origen del cerdo ibérico. La otra posibilidad es sustituir el ganado de lidia por su reconversión en fincas cinegéticas para la práctica de caza mayor. El problema es que esto requiere unos vallados bastante más impactantes que el típico vallado de piedra de las dehesas, suficiente para manejar los toros. Por otro lado ¿Qué es éticamente peor? ¿Jugarse la vida frente a un toro? ¿O disparar a ciervos en corrales?.
La otra posibilidad es establecer parques naturales que tendrían que ser mantenidos por la administración, incluyendo la ganadería de lidia que se debería sostener de manera artificial, ya que no sirve para otra cosa. Sería una solución, pero una solución pequeña y que en ningún caso sustituiría a la gran cantidad de superficie existente en la actualidad. Además, deberían comprarse los terrenos porque el dueño necesita tener un aprovechamiento ¿Cuánto terreno sería factible y ético que comprara el estado?. Lo más parecido es el parque nacional de Cabañeros, y ya tiene un presupuesto bastante alto.
Como se ve, no es tan simple.
Alejandro del Amo, C's Salamanca



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