jueves, 17 de julio de 2008

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas

Efectivamente. Somos un pueblo acostumbrado a que los políticos nos mientan. Nos engañen con trolas tan falsas como las frases de la canción infantil. Ya se sabe. Son políticos… y parece que la mentira es un derecho incluido en la profesión.

Esta última campaña electoral del PSOE se ha caracterizado especialmente por elevar a rango de declaraciones públicas las mayores falsedades jamás dichas en especial, sobre la situación económica de nuestro país. Si hoy volviesen a emitir el debate Solbes-Pizarro, nos llevaríamos las manos la cabeza y nos avergonzaríamos de la desfachatez del Sr. Ministro de Economía y Hacienda (entonces, en funciones). Porque si alguien dispone de datos, es el Ministerio. Porque una cosa es hacer campaña electoral y otra prometer y asegurar que vivimos en el mejor de los mundos y que el superávit de nuestras cuentas nos va a sacar de cualquier apuro. Porque, aunque pocos y poca, hay ciudadanos que tienen memoria.

En las últimas horas se ha declarado el concurso voluntario de acreedores para Martinsa Fadesa. Pésima noticia. De poco sirve justificarla por la ambición desmesurada y los errores de cálculo de sus órganos directivos. Lo cierto es que políticamente “convenía” posponer su caída y que por ello el Presidente Rodríguez “prometió” su salvación con una inyección de tesorería procedente del ICO. Y no. Otra mentira.

Pero no quiero que esta entrada sea una relación más o menos extensa de los engaños del PSOE. (Y no me olvido de los de ERC, PSC, PP -¿se acuerdan de la guerra contra las armas de destrucción masiva?-, ni de los de CIU, PNG, PNV …) Seguro que si tuviésemos la sana costumbre de visitar hemerotecas, no nos creeríamos lo que nos han ido contando y que en su día dimos por bueno.

El otro día, charlando con unos amigos, planteábamos el hecho de que en Estados Unidos el pecado más imperdonable de un político es la mentira. Un presidente, Nixon, tuvo de dimitir por mentir y casi, casi, se repite la historia con Clinton que, como saben, superó un impechment, no por montárselo con la Levinski, si no por mentir en sus primeras declaraciones sobre este asunto. Y de esos cargos para abajo, los que quieran: congresistas, senadores, fiscales, jueces… todos ellos están sujetos a la verdad como “norma fundamental” de su estado de derecho.

Sin embargo aquí, en esta España cañí, no pasa nada. Nos pueden contar las mayores trolas del mundo y a los ciudadanos casi nos hace gracia. No les exigimos a los políticos una sinceridad que sería impensable no exigírsela a otras profesiones. ¿Se imaginan ustedes a la profesión médica mintiendo, por ejemplo, sobre la gripe del próximo otoño, minimizando sus efectos (para no causar alarma social, claro) y sobre todo, no adoptando las medidas de prevención y profilaxis adecuadas? Caerían cabezas.

Los ciudadanos no somos tontos. No nos gusta que nos engañen. Pero tampoco tenemos medios para hacernos oír. Para defendernos de tantas y tantas ignominias. La gran mayoría de los medios de comunicación están al servicio de las subvenciones y de las prebendas que otorgan los políticos. Y les cubren. Les cubren en los dos sentidos de la palabra: cubren la “información” cuando se produce y la tapan cuando les conviene que se olvide.

Es una vergüenza. No quiero que esto quede aquí. Me gustaría que más voces se uniesen al clamor de “no más mentiras”, que los políticos que mientan tuviesen un castigo social, que dejásemos de considerarlo normal.

Somos Ciudadanos, con mayúscula. No merecemos este trato. No podemos basar nuestra democracia en el todo vale. No queremos que nos manden personajes que no merecen ninguna credibilidad. No. Es un tema demasiado serio. Un compromiso formal que debemos de exigir y exigirnos. En ello estamos.

Magdalena González

martes, 1 de julio de 2008

La vida de la lengua

SOBRE EL CASTELLANO

Acabo de adherirme al “Manifiesto por la Lengua Común”. Suscribo su espíritu y, sobre todo, creo que YA VALE de que ciertas minorías nos tomen el pelo y jueguen con el futuro de nuestras generaciones más jóvenes.

No quiero añadir nada más sobre el texto que me parece completo y oportuno, pero sí me gustaría compartir con ustedes mi situación lingüística personal que, creo, comparto con bastantes personas de este país.

De padres inmigrantes gallegos, nací en Barcelona, estudié allí, y he acabado viviendo y trabajando en Burgos. Es decir, que en mi mochila idiomática, llevo pegado el gallego, el catalán y, por supuesto, el castellano que es el idioma con el que me considero más cómoda tanto para hablarlo como para escribirlo o leerlo. Bien. Mi madre todavía me riñe en gallego y parte de mi familia, oriunda de aldeas orensanas, se expresa también mejor en gallego que en castellano. No hay problema, mi tía me habla en gallego (que entiendo perfectamente) y yo le contesto en castellano (que ella entiende sin ninguna dificultad).

Mis amigos barceloneses se encuentran también más cómodos hablando en catalán. Y como yo lo entiendo, pues eso. Me hablan en catalán, pero me permiten expresarme en castellano, ya que después de más de 30 años en Burgos, me siento más cómoda usándolo para conversaciones largas. Además, ellos también me animan. Me dicen que les encanta escucharlo sin acento. Perfecto. Todos contentos.

Yo considero que esto que he descrito sucintamente es un ACTIVO. El que pueda compartir tres idiomas sin problemas, me parece genial. Leo a Rosalía de Castro en gallego, a Joan Sales en catalán y a Miguel Delibes en castellano. Guay.

Pero llegan los políticos y me dicen que lo que yo pienso que tengo como un activo, no lo es. Es un pasivo. Que con mis niveles sería incapaz de trabajar en cualquier otra comunidad que no fuese de habla castellana. Que mis capacidades lingüísticas son “discapacidades”. Que lo que cuenta son los “niveles” de calificación, no entenderse con el personal. Que debería de destinar un montón de horas y esfuerzo a mejorar mis conocimientos de las lenguas autóctonas. Que lo que diga o sepa, da igual. Que lo importante es cómo lo diga, aunque mi interlocutor no me entienda.

Señores. Esto no funciona así. El problema del lenguaje no está en las personas, está en las Instituciones. Seguiremos hablando lo mejor que podamos y como mejor nos convenga para conseguir el objetivo de comunicarnos. Pueden ustedes gastarse nuestro dinero en letreros que pongan “Tintorería” en gallego, en doblar películas y series de televisión, en subvencionar ediciones limitadas de libros que nadie va a leer, volver locos a los turistas con la cartelería y, en definitiva, intentar imponer el uso de una lengua en detrimento de otra. Pero no lo van a conseguir. Nosotros, los ciudadanos, seguiremos utilizando la lengua que mejor nos permita comunicarnos. Y punto.

Y seguiremos luchando por la igualdad de oportunidades para todos. Sin discriminaciones. Sin descanso.

Magdalena González